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De arquitecta a traductora; de traductora al Colegio

Soy arquitecta de profesión y traductora-intérprete autodidacta. Mis estudios académicos formales me dan el título de arquitecta y planificadora urbana, profesión que he ejercido por varias décadas. Justamente cuando estaba haciendo un postgrado en una universidad canadiense allá por los años setenta, un profesor inglés que hacía investigación en Centroamérica me pidió colaboración para sus publicaciones en español. Ahí empecé con las traducciones, actividad que me fascinó y que además me permitió ganar los pesos adicionales necesarios cuando una es estudiante. Además, empecé a indagar en el mundo de la empresa privada: las escuelas de idiomas, las empresas de traducción e interpretariado, la demanda y oferta de servicios de traducción. Con ello se me abrió un mundo de posibilidades y desde ese momento mi profesión original como planificadora urbana se vio complementada, enriquecida y crecientemente ligada con mis actividades como traductora e intérprete independiente. Tuve muchos encargos entretenidísimos: leer poemas en español para un programa de radio, disfrazarme de minero para capacitar a operarios in situ en el uso de una máquina especializada, hacer de intérprete en un tour de varios días a las montañas Rocallosas durante un congreso de demógrafos, etc. Durante muchos años hice varios cursos ligados a la traducción y trabajé con numerosas empresas como instructora, traductora e intérprete, hasta que finalmente decidí formar parte del gremio de traductores de Canadá. Gracias a mis años de experiencia y estudio, y tras cumplir con rigurosos requisitos y exámenes, fui aceptada en los años ochenta como traductora certificada en inglés-español-inglés en dos asociaciones profesionales en Canadá, lo que significó un reconocimiento y respaldo a mi labor.
Recién venía llegando a Chile después de 20 años de vivir en otros países. Tenía mi trabajo estable en Santiago como planificadora en Naciones Unidas; pero al igual que dos décadas antes, comencé a indagar las posibilidades de complementar mi puesto formal con la traducción e interpretariado. Así empezó mi búsqueda de contactos y datos. Como experta en planificación y políticas públicas me tocaba –además de las actividades propias del cargo- traducir todos los documentos que pasaban por la oficina, además de hacer de intérprete en reuniones y seminarios. Ya con eso me di cuenta del bajo nivel de profesionalismo de ser traductor en Chile, y como era considerada una actividad asociada a “saber inglés” o bien propia de una secretaria bilingüe. No se concebía la traducción como una profesión en sí misma, y eso ha cambiado poquísimo a pesar de los avances en los programas de formación académica, las empresas de traducción e incluso la existencia del COTICH.
Mis primeros contactos con traductores fueron Adriana Aguilera, con quien yo trabajaba en CEPAL y, posteriormente, Beatriz Délano. Ambas lamentablemente ya no están con nosotros. Beatriz me recibió un día en su oficina en Providencia, rodeada de papeles y llena de trabajo que gustosamente compartía con otros colegas cuando se sentía abrumada. Y también por el gusto de compartir. Me acogió con los brazos abiertos, generosa, solidaria y con enorme interés por lo que podía compartirle de mi experiencia fuera de Chile. Tuvimos largas conversaciones y muchos cafés en su oficina, entre apuros y urgencias y llamadas de clientes, y compartimos ideas sobre la actividad de la traducción en Chile y la posible organización de traductores que estaba gestándose en ese entonces. Ella se movía mucho entre sus contactos traductores, algo que yo no podía hacer porque estaba dedicada a mi trabajo en planificación, que me requería tiempo completo y muchos viajes, y a mis hijos pequeños.
Recuerdo lo emocionante que fue un día cuando me llamó para firmar el acta de creación de la asociación, uniéndome así a la lista de pioneros que queríamos una base de respaldo para la profesión. A muchos los conocí solo a través de Beatriz, pues mi dedicación a la traducción era esporádica y más ligada a mi trabajo formal, como sigue siendo hasta ahora. Creo que la asociación, a lo largo de los años, ha fortalecido la imagen del traductor frente a la sociedad y –más aún- ante sí mismos, pues exigir dignidad requiere primero sentirse dignos. Hasta hoy he sido miembro ininterrumpidamente, algunos años trabajando en el directorio o apoyando labores específicas. También me he mantenido vinculada a la asociación profesional en Canadá, con quienes año a año sigo trabajando en los protocolos y exámenes de admisión, sumamente estrictos y muy regulados. Esa pertenencia profesional ciertamente entrega beneficios, junto con responsabilidades, que nos diferencian de los aficionados o improvisadores aun cuando el cliente chileno todavía no sabe bien la diferencia. Solo el hecho de ser miembro de COTICH entrega una credencial que debemos saber usar, respetar y honrar con nuestro constante mejoramiento, alto nivel de profesionalismo y una ética que responda a los principios y acuerdos establecidos. Si bien las instituciones y la sociedad general están muy atrasadas en otorgar al COTICH el lugar y reconocimiento que merece, hay grandes pasos que se han dado y es el momento que las nuevas generaciones desplieguen toda su energía y asertividad para seguir avanzando.

Antonieta Surawski

Socia COTICH N.º 29

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